FIn del viaje

caminante varado

En Olleros de Pisuerga, las manos poderosas

Que las estatuas son caminantes varados me parece una verdad incuestionable. El pecado que nos convierte en sal e impide el flujo probablemente se parece a la muerte. Las estatuas pertenecen siempre a lo urbano, se han civilizado como si a su alrededor se diseñaran los jardines y las plazas.

Si alguna vez empezara un viaje sin objetivo, procuraría no detenerme demasiado tiempo en ningún lugar para no quedarme absorto en la contemplación de la quietud. Pues eso y abismarse en uno mismo son actos similares, pero el segundo inicia otro tránsito más interesante que el simple mirar.

Resulta curioso, pero me ocurre a veces al contemplar algunas esculturas. En Mérida, donde el tiempo ha sido inclemente como un emperador, abundan los cuerpos maltrechos, las cabezas solas, el gigantismo que trata de negar la poquedad del modelo. Las estatuas mutiladas son un trasunto, tal vez, de nuestras vidas sin gobierno. Reyes de nuestro egoísmo, creemos conocernos en el espejo, pero hay una mínima amenaza en creer que somos el mismo, reflejado.

Si alguna vez soy estatua, que lo sea como un tente Viator: un recuerdo de algo que fluía, tratando de saber qué ritmo tiene la canción que da la vida.

 

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