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La asombrosa humildad

Vano en la roca en la Iglesia de los Santos Justo y Pastor, en Olleros de Pisuerga

Ciertas flores se conforman con la levedad del pétalo porque saben que nada en la acumulación o en el ornato las hará más grandes. Las malas hierbas solo lo son porque asignamos el adjetivo: se interponen en nuestros planes tan solo estando ahí. Hay una incomodidad en la presencia humilde: los pequeños guijarros en algunas playas, aun fuertes pero tal vez desolados si no vuelven al mar.

Ciertos días hacen flor en los días. Señalan con su estambre breve aquello en lo que deberíamos fijarnos, pero, acostumbrados al dictado de la prisa, del ensimismamiento, no llegamos a verlo. La caricia inesperada de la brisa al doblar una esquina, el transeúnte que aparecerá en nuestro sueño de la noche, un andar ligeramente indeciso ante los espejos…

Lo pequeño se hace enorme cuando nos fijamos. Y así, coleccionado lo vivido en minutos exactos, podemos dibujar un mapa de la vida y observar la asombrosa precisión de los caminos que el destino ha ido eligiendo. La rodera guía inconclusa, la sospecha del recodo (la curva en el camino de Cezanne), la presencia de la maleza en el costado del andar: la mirada que se hurta es la que tirará del hilo de nuestra perdición.

Dijo el viejo narrador: al perder una pestaña, seca por su dureza, el emperador perdió también el trono.

Héctica

Los días fríos enseñan una rectitud de rascacielos, como si no nos quedara más remedio que tratar de elevarnos para buscar el aire caliente. Todas las horas tienen aristas, y cada paso es doblar una esquina de minutos. Pero más extraños son los días en los que el calor aplasta la distancia: el día se consume en fiebre y las noches son tan claras que, en la ciudad, tenemos la impresión de poder ver más allá del quicio de la ventana, incluso más allá de la ilusión del secreto que los habitantes parecen guardar.

Y así, es la noche y su sigilo la que construye la luz de mañana: como si tuviéramos que repensar la vida que nos espera habiendo olvidado la que tuvimos. Cada día un dejarse en el olvido y cada noche reconstruirse en el futuro. No es mala combinación si no sueñas de día: entonces, la fiebre quemará también tu pensar de la noche.

El constructor de luz

 

 

Si la luz se generase desde dentro, como consiguen algunos animales, ciertos lugares serían faros para la arribada. En el cuarto de derrotas, donde atesoramos las cartas de navegación, suele haber una oscuridad perversa que nos impide entender hacia dónde nos dirigimos verdaderamente.

Como falenas fascinadas por los faros de un coche, solo el flujo del viento puede salvarnos del choque y permitirnos ser piedra y el corazón de la piedra. Cada aire su tonada y ventear. Si se alumbrara el futuro como esa catedral, el miedo se haría inconsistente. Y no haría falta la esperanza.

Pero son tal vez los ojos o un mirar enturbiado lo que ensombrece lo obvio del día. Algo más de la luz y su mezcla imposible con el viento: como un vuelo de luciérnaga que fuera la misma vida. Así se balancean los días, como un farol en popa.