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El Greco en El Prado (1): Paseo entre ambos mundos

Wikimedia Commons.  La Resurrección de Cristo. ¿De dónde sale ese color amarillo?

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La Resurrección de Cristo. ¿De dónde sale ese color amarillo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es complicado, si no atrevido, escribir sobre las impresiones que me ha provocado la visita a la exposición, extraordinaria, de El Greco en el Museo del Prado. Otros críticos, pintores o estudiosos lo han hecho antes que yo y seguro que con argumentos más sólidos y profundos. No querría tampoco que fuera una simple reseña o artículo, porque como para todas las grandes exposiciones, el medidor es la conmoción y la duración de la misma.

Vaya por delante que soy un apasionado buscador de palimpsestos, esto es, de textos escritos sobre otros textos, de cuadros pintados sobre otros cuadros y de ideas apoyadas en otras ideas. Como Bernardo de Chartres, creo que para ver más lejos lo mejor es subirse a hombros de gigantes y El Greco es uno de los mayores. Nadie ha reflejado mejor la frontera entre el mundo terreno y el espiritual, con un atrevimiento cromático que estalla con fiereza en algunos cuadros mientras en otros acaricia la luz como en una lechada acuosa, pese al uso del pincel seco.

El Greco no se detiene necesariamente ante la falta de concordancia entre luz, pantalla y sombra. Puede simplemente, como en el retablo de María de Córdoba y Aragón de más arriba, colocar una transparencia de un color que no sale de ningún sitio: no está referenciado a nada en el cuadro, como piel de sepia que eligiera el tono preferido para estar en esa escena. Algo parecido a esa pintura que se aplicaba décadas atrás a las fotos en blanco y negro: un velo que gritaba su falsa condición.

Siempre me han intrigado las teorías sobre el espíritu alunado de El Greco, o las que señalan un defecto en la visión, el astigmatismo, como la miopía en Cezanne. Me intrigan porque no me parecen importantes: son modos de acotar la realidad, de etiquetarla para sentirnos tranquilos. Los que no somos gigantes queremos igualarnos a ellos por el expeditivo procedimiento de negarles la grandeza o suponerle causas externas. Es como si cualquier otra variable (la tartamudez de Demóstenes o la vida enjaulada en su silla de Hawking) fuese usada para buscar explicación a la genialidad, tan banal como secretamente negada.

Constreñir el ejercicio de la pintura al ojo y la mano es intrínsecamente falso, como sabe quien alguna vez haya sostenido el pájaro huidizo que es un pincel. Dudo que un loco pueda mantener un taller tan próspero y potente como el que tuvo El Greco en Toledo. Y si sus ojos enferman para pintar una realidad alterada, benditos sean. Si sus figuras serpentinatas son producto de un fulgor religioso, bienvenido sea. No es importante. Lo importante es la grandeza de algunos descomunales.

Lo cierto es que sus decisiones cromáticas, de composición o de dibujo son de una potencia inigualable. Pasear entre sus cuadros y el impacto de sus cuadros es una lección sobre la transmisión del saber. La influencia, y el modo en que puede ser recogida, es el alimento que hace avanzar a la humanidad. Nihil novo sub sole: es ordenar de modo distinto los componentes, parafraseando a Pascal, lo que produce la novedad, el logro. En el caso de las artes, las diversas “revoluciones” parecen estar contenidas en la desaparecida pintura griega, y no hay ejemplo mejor que la pérdida de la capacidad perspectiva en el dibujo durante siglos, desde la antigüedad hasta el Renacimiento. ¿Cómo influye la leyenda del pintor griego Zeuxis, sin imágenes? Por su capacidad de evocación y la sensación de que, efectivamente, ha habido y hay hombres más elevados que nosotros. Se dice que Zeuxis murió de risa…

Por eso, al pasear por los grandes museos, algunos lo hacemos con un sentido reverencial. Para apreciar lo que nos trasciende y nos hace más humanos o nos sitúa más cerca del límite de lo humano, que parece alejarse con cada gran obra. También en las librerías, en las catedrales, al descubrirnos en el paisaje, al reconocer el espacio que genera el sentimiento… dejándonos bañar por su benéfica y necesaria influencia aunque no vayamos a buscar el precipitado de una obra propia como homenaje. ¿O lo es este texto?

El Greco y la pintura Moderna. Museo Nacional del Prado. 24 de junio al 5 de octubre de 2.014
La exposición sobre el taller de El Greco comienza en septiembre, en Toledo, en el Museo de Santa Cruz

Cezanne habla

Nada.

Satie: Le poisson rêveur

Visito, como un pequeño y observador animal, una exposición de Cezanne. Como si el Siglo XX no hubiera ocurrido (con su desgracia, su tren de miseria, su brillo de estudio sobre el progreso) llego a oler el aceite de linaza y a su través el eco mojado de un camino en curva. Es tal la fuerza, telúrica, que apenas me distraen los visitantes. Quien lo haya vivido lo sabe, el refugio de un cuadrado ocre o la elevación de esas pinceladas dirigidas, decididas, que parecen atrapar el viento. En el óleo untuoso y cárnico del pincel cargado parece posarse el cansancio, tiene el color fuerza para sostener el de todos. Allí silbo, pues, mi tonada y rondo.

Via Wikipedia

La tela que es como el monte Saint Victoire…

Cezanne sabe educar a mi cerebro para que termine de componer la imagen del cuadro: no es que no quiera terminarlo, es que no hace falta. Algún niño, atento al vacío del lienzo, parece enfadarse pero solo porque justo en el hueco deberían estar él y su contento. Me invita al diálogo. A escuchar el suyo con el monte Saint Victoire o su atrevida hibridación: pintemos al óleo como si fuera acuarela, tratemos la aguada como si fuera pincel seco. Quién va a decir que no o por qué no dejaría que fuera el pintor quien decidiera.

Como el pintor, agazapado, dejo que la luz bañe, irradie, lama o estalle. Dejo que haga lo que quiera y ofrezco el ojo. Yo dije en un verso “pintor del aire he sido”, pero solo porque aprendí de otros a esconderme tras un lienzo. Y me he reconocido, en lo profundo del paisaje, como un pequeño y observado animal, nadando junto a otros que parecen asombrados.