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El asesino perfecto

reflejo lento
El perseguidor. 

 Me intriga la contradicción moral que se agazapa en los sentidos de esas palabras. Hay una posibilidad de hacer que esos dos términos convivan. Matamos al que fuimos cada mañana. Como si fuéramos corrigiendo milimétricamente la trayectoria. Una de esas muertes lentas, como el envenenamiento por azogue o esa sisa calculada del vigor que supone la vejez. La muerte, en muchos casos, no degüella, sino que nos va cortando finas rodajas del alma hasta dejarnos ver el hueso de la cara.

El único asesino perfecto es el que no sabe que lo es. El que se va dejando vencer por la vida porque así le traspasa la responsabilidad a algo etéreo. El que se niega el placer, el pensamiento, saber estas cosas. El que no pone en peligro, el que se contiene en su piel. El que se envenena por una sobredosis de sí mismo.

El imperfecto morirá igual, y será también un asesino, pero no tendrá que vivir en el pegajoso légamo moral de saberse solo cumplido en aquello que precisamente habría deseado evitar.

Me deseo suerte.

Infinito: la historia de un momento de Gabriel Josipovici

M.A. Serrano. Búcaro.

M.A. Serrano. Búcaro infinito.

Esta novela de Gabriel Josipovici, publicada por Cómplices, es un fino e inteligente alegato sobre la vaciedad del mundo social, el arte como vampiro y también sobre la experiencia referida. La novela es el recuento de la vida de un músico italiano, Pavone, inspirado en uno real, Giacinto Scelsi. La historia de la vida en el trayecto en el que su criado Massimo (chófer en las agitadas noches en las que el compositor no puede dormir, encargado de la guardarropía, etc.), un hombre sencillo que no oculta su admiración aunque no parece tampoco verse profundamente afectado por las interminables charlas de su empleador.

La vida de Pavone es la del hombre rico pero no diletante, que se enfrenta a la música con la actitud, como él mismo señala, de un gorila: oponer la fuerza del alma a la del arte. Irritante a veces, sus peroratas, siempre con presupuestos de máximos sobre el arte y cómo nos abrasa (ese sentido de misión que apenas premia, pero cuando lo hace proporciona el mejor fuego, como señalaba también Flaubert), muestran también sus aprendizajes, renuncias y algunas conquistas.

Josipovici no justifica al músico: las declaraciones de su valet se transcriben como si fueran las palabras del artista, y de hecho esto resulta en ocasiones algo chocante, puesto que el declarante casi nunca opina por humildad, pero es capaz de transmitir pensamientos muy complejos. Pavone no habla con la prensa: el valor del recuento es precisamente mostrar la mente del desaparecido compositor, pero no parece que haya germinado en la mente del que cuenta.

Con todo, es una novela fascinante sobre la autenticidad y la pose y como ésta puede también ser asignada por otros. La seriedad del intento del artista, un algo opacada por el hombre de mundo, dueño de amistades con algunos de los intelectuales más rompedores de la segunda mitad del siglo pasado. La caza por elevación, como diría el místico, se sustancia apenas en un leve atisbo de ansiedades levemente cumplidas…

 

Gabriel Josipovici. Infinito: la historia de un momento. Editorial Cómplices, 2014.

Rulfo, rojo, vino

Andaba buscando una forma de elevar el suelo y hacer montaña de los campos. El atardecer se hacía nombre, y era femenino, y había una sensualidad mostrada por el color incendiario de la anochecida. Como flor de un día, sentí  urgencia por capturar ese rojo que acosaba las viejas bodegas, hundidas como borrachos, y tal vez embebidas ellas mismas en la decadencia de un día multiplicado. La noche iba a llegar, y la prisa se parecía a un peligro traído por el viento cortante de un otoño anunciado como desesperanza.

Vi una sombra del mundo, algo que correteaba entre las hierbas, como un quemado, y pensé en Juan Rulfo y en la economía. Prefiguraba el fin de mis palabras cuando ya no tenga más que decir. Pero saber eso es como saber el día de tu muerte: algunos creen que es una bendición, otros, que supone una parálisis adelantada. Y el viento frío no azuleaba el rojo, y la noche se llegaba con sombras serpenteantes, la ráfaga traía el tañir de una campana como el lamento de un niño ciego y la corriente hacía amenaza como si trajera el fin de la luz: el frío tirando de la noche, la noche enganchada a un presagio.

Traté de echar a correr, pero vi que ni la brisa ni la luz movían las hierbas, y que el propio paisaje era ya un cuadro, como si, consciente del robo de su belleza, me estuviera reprochando la mirada. Me quedé en pie, como un poste, esperando la llegada de un frío mayor y de la noche engallada. Hasta que yo también dejé de sentir la brisa, como si estuviera empezando a convertirme en un retrato.