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Cactus, de Rodrigo Muñoz Avia

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La imperturbable levedad del ser.

 Conozco la trayectoria de Rodrigo Muñoz Avia desde hace muchos años, y he disfrutado siempre de su mirada irónica, y en ocasiones sarcástica, a la hora de enfrentarse a personajes atrabiliarios y un tanto desnortados. En el caso de Agustín, el protagonista de Cactus, nos presenta a un profesor al borde de la nada. Despedido, abandonado por su pareja, decide aceptar la inscripción que por él hace una amiga para tomar un curso en Stanford acerca de plantas suculentas.

La nada del personaje le acompaña como una esencia: la virtud del nuevo emplazamiento (en realidad se parece más a un cactus trasplantado que a un hombre en busca de reparación o sentido) es que parece estar aún más vacío que el anterior en España.

La leyenda sobre el viajero es que en cada aventura cambia. La realidad del turista es que se hace un selfie. Cactus es un selfie muy divertido: como en esas abominables aglomeraciones de las ciudades turísticas de agosto, no es tanto contemplar, pongamos, un cuadro de Rafael, como demostrar por medio de la foto que se ha estado allí. Agustín ni siquiera se preocupa por eso o por dejar alguna huella: de hecho, cuando lo intenta, los dioses se conjuran contra él. O la tecnología, por lo menos. El legado de Agustín y sus compañeras de clase, el reacondicionamiento de un jardín de cactus, está en claro peligro por la presión inmobiliaria.

Lo interesante de esta novela es que por un lado mantiene una peripecia debidamente intensa y alocada pero por otro sostiene una imperturbable fijación en un personaje que no cambia. No hay revelación, transformación o impulso por parte del protagonista. La tentación habría sido proponer un trayecto del alma, una redención. Pero, como ocurre con el Bartleby de Melville, por ejemplo, la tozudez en la nada conduce a Agustín a consumar ese paréntesis. No hay trayecto sino un cambio de escenario. Y el lector, que podría haberlo esperado, asume en realidad que la postura de Agustín es no preocuparse mucho de las consecuencias: no es solo “preferiría no hacerlo”, sino “la decisión que tome es irrelevante, en el fondo”. Funciona muy bien, pese a la dificultad narrativa.

Por otro lado, el catálogo de personajes secundarios, y de escenas, dibujan una California de espejismo, irreal pero con capacidad de molestar. Un territorio sin sustancia en el que los cactus pueden crecer pero en el que no parece haber sitio para una frondosidad real: todo es rápido, uniformado, en ocasiones incomprensible y siempre lo suficientemente extraño como para provocar la sonrisa en el lector. Y en ese sentido, dibuja una parábola sobre algunos aspectos nucleares del héroe moderno: la ausencia de momentos épicos, la uniformidad gris de los días, independientemente de dónde se pasen, la incomprensión de hechos y personas y la futilidad, divina futilidad, de casi todo lo que hacemos. No es poca cosa componer con eso una novela tan divertida e inquietante (sí, es inquietante) como esta.

CACTUS, Rodrigo Muñoz Avia. Alfaguara 2015. 232 páginas. Crítica publicada con anterioridad en microrevista.com. Redifusión con permiso.

 

 

Una lectura de mi libro Un presagio

 

De este poema hice dos #versografías y ahora le toca a esta lectura. Puedes ver otra en video. 

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El balcón en invierno: Luis Landero

un balcón en invierno

El balcón en invierno. Luis Landero.Tusquets, 2014. 245 páginas

RECUENTO DE LO PERDIDO

No es necesario ponderar el manejo del lenguaje del Sr. Landero, capaz de aquilatar el idioma con precisión de orfebre y metrónomo de maestro.

En esta suerte de memorias, levemente trufadas de datación biográfica, el autor describe (pero con intención de fabulador, no puede olvidarse) su proceso de formación como escritor. Y es que, pese a su apariencia de recuento, el libro se lee como un bildungsroman, una novela de aprendizaje duro, como de excavar arena hasta dar con la rosa. Hay un tacto terso en la traída de la lista de lecturas, en la descripción de la relación con los libros, la conformación de la fibra y el descubrimiento, casi por casualidad, del destino que para sí se arroga el escritor: separado de la vida, asomado a un balcón que es alejamiento.

Goethe sostenía que se puede experimentar todo desde la habitación de uno, pero él mismo, cuando viaja a Italia, se deja rebosar por la luz, la alegría y cierta superioridad moral que nunca le abandona. No así en este libro del Sr. Landero: hay poesía, hay verdad, hay humildad y eso tiende una escala a su balcón que el lector agradece y sube sin esfuerzo.

Las descripciones de lo de diario ejercen un contrapunto para que el balcón no se eleve demasiado. Y son muy interesantes, puesto que constituyen la novela del desaprendizaje. La difuminación de un mundo que va perdiendo su sitio, mordido por la historia: palabras que se borran, objetos que no se atesoran porque se confunde uso y utilidad, aires de camino que ya no tienen a quien dar su conseja

El viaje a Italia del Sr. Landero lo es a Madrid, donde todo se funde y apenas hay lugar para lo sublime. Allí se descubre que los libros, más que las calles y el asfalto, son cárcel y también refugio.

De modo que se lee por no dejar de recordar, y se escribe porque la memoria, ay, solo es deseo. Como decía Faulkner, la memoria cree antes de que el conocimiento recuerde. Y el libro acaba con esta frase poderosa, que tomo prestada para poner fin a esta reseña: un grano de alegría, un mar de olvido.

Crítica publicada anteriormente en microrevista.com. Redifusión con permiso.