El viaje en balcón

Decía Goethe que un hombre podía conocer el mundo sin salir de su cuarto. Roussel, por su parte, sostenía que podía imaginar Rusia sin haberla visitado. El viaje indeciso y soñado, ése que deseamos pero que sabemos que nunca haremos, pasa por asomarse al balcón y asumir que no pertenece a la casa. Si pintamos el mirador de colores vivos parecerá una de esas guaguas divertidas, añosas, llenas de historias y destinos incumplidos.

En la imaginación, con el tiempo que se nos echa a la espalda y nos va venciendo, reside casi toda nuestra fuerza. Hemos sustituido el balcón por la televisión o por Internet, pensando que la multiplicidad de casos es sinónimo de variedad. Lo cierto es que ese simple pararse a mirar (sacar la silla al portal, pasear la Gran Vía, mirar detenidamente al espejo) nos deja ver, si queremos asumir la enseñanza, la multiplicidad infinita de anhelos, quiebras, emociones guardadas, agujas en el alma, horas de garra, gestos inútiles, carcasas muertas, ilusiones cumplidas (apenas un par), inigualables fintas: cansancio, en fin, de todos los que nos habitan.

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