La vida en el no lugar

Nolugar

La impresión de movilidad es tan solo eso. Aeropuertos, autopistas, el mundo de Augé. Lugares de paso, donde la identidad individual ni siquiera se confunde con la de los otros: no forma sino una no identidad, incluso aunque el destino (tal o cual ciudad, aquel vuelo, la estación del frío) parezca el mismo.

El tiempo así pasado es, por tanto, un no tiempo. Horas inconsútiles, días plegados, la masa de minutos. No nos movemos, en realidad, solo hay una lenta evolución hacia lo que llegaremos a ser. Sin pista alguna. Y lo engañoso, en realidad, es pensar que cuando salimos del no lugar volvemos al tiempo. A la recta ilusión de que hay algo que orienta lo que el tiempo dibuja.

¿Y si la vida es un no lugar? Ese espacio donde lo intenso de la personalidad no encuentra eco o tribuna. Entonces solo queda colorear las horas. Con la fosforescencia de lo que pervive o el pastel del aburrimiento. Yo prefiero el azul turquí, sombra de siena, amarillo indiano y aguamarina. Como Frenhofer, el pintor de Balzac, mostramos el lienzo manchado y nos engañamos diciendo: he ahí un retrato.

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