Una historia diferente de la ciencia

La ciencia avanzando

Al hilo de la publicación de esta reseña en microrevista.com, sigo preguntándome cómo va a defenderse la ciencia en este territorio ¿nuevo? del saber epidérmico. Este territorio contaminado en el que el utilitarismo es lo que manda. Neil Degrase Tyson, uno de los grandes divulgadores científicos, avisa de que la batalla se pierde, al menos en EE.UU.. Y si bien creo en la mezcla de artes y ciencias, como quería C.P. Snow, la reglamentación y el método no deberían olvidarse por el camino. 

Philip Ball es un interesante y ameno divulgador científico, pero sus libros tienen un armazón crítico y bibliográfico de enorme consistencia. Como él mismo ha expresado, la mejor manera de conseguir esto es escribir sobre un asunto que te apasione, en la confianza de que el libro encontrará campos en los que germinar porque habrá lectores que quieran iniciar el diálogo sobre el asunto.

Ball es físico de formación, y probablemente el volumen donde mejor ha volcado su experiencia es Masa crítica: cambio, caos y complejidad, donde aporta una serie de ejemplos de cómo la física puede explicar otras realidades humanas, desde la economía a la viralidad o el movimiento de las personas interactuando en masa. Ha sido además editor de la revista Nature.

No se aleja, este volumen, de su mirada científica habitual, puesto que la línea de avance del ensayo es la transformación del pensamiento mágico en pensamiento científico. Para ello, el corpus filosófico del dominio de la ciencia (especialmente la física, que es la rama de la ciencia dura por excelencia) ha tenido que desarrollarse durante siglos y atenerse a una metodología que aún hoy encuentra debate, especialmente en el campo de las ciencias sociales.

El trayecto ha durado siglos, puesto que el pensamiento mágico, ideológico o religioso no ha dejado de impregnar lo que el científico (la sensación de condición que expresaba Paul Valery) quisiera prístino y sin contaminación alguna. Llegar a la refutabilidad de la observación como vía para desechar el experimento, según defendió Popper, ha sido un camino arduo.

En tal itinerario, Francis Bacon, para el autor, se yergue como un baluarte para el avance de la ciencia, puesto que es el primero que trata de ordenar las posibilidades del conocimiento, aunque sus listas para hacerlo con los ojos de hoy, resulten llamativas. No obstante, fue incansable en su búsqueda de “un nuevo órgano” que transformase los datos empíricos en principios fundamentales. Es ese empirismo el que terminará por separar la ciencia y la filosofía.

El hilo conductor que elige Ball es la curiosidad, empezando por el pecado de Eva. De hecho, la curiosidad ha sido tenida como algo negativo durante siglos. Esa curiosidad, madre de la invención, ha tenido sustanciaciones curiosas y atadas a la fascinación por lo raro y maravilloso, como los gabinetes de curiosidades que poblaron residencias de familias acaudaladas de Europa y que son el germen de los museos actuales.

Para que todo ello ocurra, Ball nos presenta una serie de científicos y filósofos que van aportando sus ideas, observaciones y experimentos. Desde Pascal a Bruno o Hooke y Newton con especial relevancia, y además nos instruye sobre cómo el papel del mecenazgo se traslada desde la realeza y la nobleza a la autonomía que algunos inventores consiguen. El relato es también el de la construcción de aparatos de observación y su impacto en la capacidad de experimentar e inferir, con anécdotas sobre la fiabilidad o interpretaciones ligadas al corpus de conocimiento de la época y que provocan la sonrisa. El propio Galileo duda de sus observaciones sobre Saturno, y las disquisiciones de todo tipo sobre lo que se puede observar bajo el microscopio son apasionantes.

Interesante resulta también cómo el conocimiento científico determina las posibilidades narrativas de la época, y así podemos asistir al nacimiento de diversas ucronías y utopías, atlántidas a la busca de la sociedad ideal. Incluso al de cierta ciencia ficción primitiva y que busca su arraigo en algunas teorías de la época. Asistimos así a viajes a la luna (uno de ellos, escrito en 1628 por Francis Godwin, tiene como protagonista a un español, Domingo González).

El recorrido se detiene también en al papel que juega la Royal Society (que publica la revista científica más antigua del mundo), como árbitro, a veces con criterios muy difusos, de las cosas que se están observando y experimentando, y no solo en Inglaterra, ya que mantiene corresponsalías con científicos del resto de Europa. El propio camino hacia la forja del criterio científico de la institución resulta muy ilustrativo, como también lo son las disputas entre Hooke y Newton.

En definitiva, un volumen que se lee con curiosidad, como no podía ser menos, y que tiene la suficiente profundidad como para abrir vías de reflexión muy interesantes. Como siempre, Ball entrega con generosidad su pasión, pero es capaz de atarla a un hilo conductor claro y ameno.

Curiosidad: por qué todo nos interesa. Philip Ball. Turner publicaciones, Madrid 2.013 575 páginas. 
Reseña publicada con anterioridad en www.microrevista.com. Redifusión con permiso.

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